Hoy quiero dedicar mi post a la persona que más me ha ayudado en la investigación de la historia de los Niños españoles en Rusia: José Fernández Sánchez, un niño de la guerra, un luchador, un escritor maravilloso, un poeta y una bellísima persona que decidió la semana pasada que ya había vivido demasiado.

José nació en un pequeño pueblo de Asturias, Ablaña, un pueblo minero dónde al estallar la Guerra Civil “dejó de quedar tela negra para vestir lutos”*. Hijo de un laminador socialista vio como la Guerra Civil se lo llevaba todo ante sus ojos. Salió de España rumbo a la URSS con 10 años. Regresó poco antes de acabar la dictadura de Franco. Nunca dejó de sentirse un emigrante: en Rusia era Español y en España era simplemente diferente.

Regresó a su patria sin recursos, con una pensión que apenas daba para alimentar a su mujer y a sus dos hijos nacidos en tierras Soviéticas. En Rusia estudió Bibliografía y trabajó durante muchos años en la Biblioteca Pushkin al mismo tiempo que traducía al Español a los grandes de la literatura: Turguéniev, Tolstoi, Dostoievski… Una vida relativamente holgada en su segunda patria no consiguió retenerle y volvió a su anhelada España dónde luchó con uñas y dientes hasta conseguir un lugar entre los mejores traductores. La traducción de la obra de Pushkin “Mozart-Salieri”  le valió el Premio Pushkin a los méritos literarios – un galardón concedido por la Asociación de Escritores Soviéticos equivalente al premio Cervantes.

 

José Fernández Sánchez (10 años)

Cuando decidí, aún estando en la Universidad, que quería escribir sobre los Niños de la Guerra, José Fernández fue mi maestro, el primer narrador de muchas historias en primera persona, el artífice de mi inspiración y mi principal fuente de información. Me entregó una vieja carpeta llena de recortes de periódicos, de manuscritos y de cartas que había ido acumulando a lo largo de su vida. Un baúl de recuerdos de valor incalculable que he leído y releído hasta la saciedad. Recuerdos subrayados y con notas a pie de página: una raya aquello que era imprescindible mencionar, con paréntesis aquello que necesitaba ser contrastado y con un signo de exclamación las pequeñas mentiras que se han ido inventando de los Niños Españoles en Rusia, de su historia.

Gracias. Gracias por la inspiración, por tu ayuda, por tanta y tanta información, por el tiempo, por las charlas, por la confianza. Solo espero no fallarte y escribir sin paréntesis ni signos de exclamación. Te lo debo. Descansa en paz.

 

 

 

*”Mi Infancia en Moscú” – José Fernández Sánchez

En este post, voy a dejar de lado a los Niños de la Guerra  para contar una historia que me ha emocionado. Me alejaré un poco del tema de los españoles en la URSS pero no voy a dejar de hablar de héroes.

Durante el  trágicamente famoso sitio de Leningrado, mientras las tropas de Hitler cercaban la ciudad rusa dejando que sus gentes murieran de hambre y frío, los héroes anónimos luchaban con lo poco que les quedaba y encontraban las fuerzas necesarias,  tanto materiales como morales para expulsar a los invasores de su tierra. Uno de los errores principales del Estado Mayor alemán fue menospreciar el valor, el patriotismo, la resistencia y la dignidad del pueblo ruso.

El compositor ruso Dmitrii Shostakovich formó parte de la inmensa lista de héroes que consiguieron sofocar al ejército Nazi. Cada cual luchaba con lo que tenía y Shostakovich lo hizo de la mejor forma que sabía: componiendo la Sinfonía nº 7 dedicada a Leningrado,  a su ciudad heroica, a su lucha y a su próxima victoria. Compuso esta sinfonía en un despacho helado, muerto de hambre y de frío y tras acabar su turno de guardia para apagar las bombas incendiarias en el tejado del Conservatorio.

Partitura de uno de los movimientos de las 7ª Sonfonía de Shostakovich

Toda la Sinfonía es una oda a la ciudad. El primer movimiento describe la ciudad de Leningrado y exalta la grandiosidad de la ciudad y del pueblo ruso. Poco a poco se empieza a escuchar una marcha insistente que va subiendo en intensidad y que representa la llegada de los invasores. A continuación escuchamos un momento de  enorme soledad, muerte y devastación. El segundo movimiento fue calificado por su autor como “de tiempos y eventos que fueron felices y que ahora están teñidos por la melancolía.” En el  Adagio, se retratan lo sentimientos más profundos del autor frente a los brutales ataques. La sinfonía se convirtió en un grito de batalla, en un himno de victoria.

El domingo 9 de agosto de 1942, en la Gran Sala de la Filarmónica se estrenó la 7ª Sinfonía de Dmitrii Shostakovich. Muchos de  los músicos de la Orquesta Sinfónica de Leningrado habían venido del frente para ejecutar la sinfonía, vistiendo uniforme militar en vez del clásico frac de cuello almidonado. Cansados, heridos y magullados interpretaron la sinfonía de sus vidas, la sifonía de la victoria. Este extraordinario concierto fue retransmitido por todas las emisoras de la URSS. Fuera del teatro la gente de apelotonaba alrededor de las enormes bocinas para escuchar las notas de batalla contra la brutalidad, la violencia y el horror.

“…con el arma más poderosa (que es el arte) se puede subsistir y restregar en la cara a todos aquellos mezquinos, que el planeta no terminará cuando ellos quieran, sino cuando la música, por sí misma, deje de resonar entre nosotros…”  José María Álvarez “Notas en Red Mayor”

Movimiento 1 Allegretto

 

Movimiento 2 Moderato

Movimiento 3 Adagio

Movimiento 4 Allegro Non Troppo

Capítulo 36: Pepín

octubre 3, 2011

Las historias de sobremesa de mi familia han inundado mi infancia: algunas las he olvidado pero otras, han quedado grabadas en la memoria. El día que escuché por primera vez la historia de Pepín era una cría. He intentado documentarme para darle al relato una solidez histórica pero los pocos testimonios que he logrado reunir no me han ayudado a esclarecer algunos detalles. Pido disculpas si la historia tiene imprecisiones: el boca a boca es una fuente eficaz pero no siempre exacta.

Pepín era un capitán de la marina que al estallar la Guerra Civil en España  y siendo partidario del bando republicano,  fue el encargado de gobernar el último barco que zarpó de España rumbo a la URSS. A bordo, los últimos exiliados, aquellos que habían hecho la guerra “hasta el final”, un numeroso grupo de 1500 personas compuesto de  antiguos dirigentes militares, políticos e intelectuales.

Durante el largo viaje, las peripecias se fueron sucediendo pero una en particular, hizo que Pepín se uniera a la historia de mi familia: el barco llevaba varios días navegando cuando de repente se armó un tremendo revuelo por la desaparición de una niña. El barco fue peinado de arriba abajo pero la pequeña seguía sin aparecer. Se empezó a temer lo peor, que la niña se hubiese caído por la borda hasta que un miembro de la tripulación, tuvo la corazonada de mirar debajo de la cama del camarote de la pequeña. Allí estaba durmiendo plácidamente: el oleaje del barco había hecho que volcara de la cama y con la siguiente ola, la había deslizado debajo de esta sin que, en ninguno de los movimientos, la pequeña se despertara. Esa niña dormilona era mi madre y Pepín, que vivió con especial angustia su búsqueda fue el encargado de contarnos esta historia años después.

Pepín era un hombre alto, de buen porte, elegante, pero sobre todo, era un hombre bueno. Se vio en la obligación de dejar a su familia en España y emprender un viaje sin retorno a la URSS. Una vez en tierras soviéticas, el regreso, como para otros tantos, dejó de ser una opción. Pasó unos años duros en un país que nunca le quiso y cuando empezaron las purgas de Stalin, una acusación sin fundamento le llevó a un campo de trabajo dónde pasó muchos años. Cuando Stalin murió, empezó a correr el rumor de que las liberaciones de los presos políticos se estaban produciendo en la mayoría de los Gulags, pero pasaban los meses y Pepín seguía preso en un territorio olvidado de la mano de Dios. Poco a poco, todos los campos de trabajo fueron desapareciendo pero la noticia de la liberación no llegaba para Pepín y sus compañeros. Entonces decidieron actuar. Pepín,  tenía contactos dentro del Partido Comunista Español y solo necesitaba que se supiera que seguía preso. Llegó a un acuerdo con los demás presos: ellos le cubrían durante diez días mientras él escapaba y viajaba a Moscú para comunicar su situación al PCE y él a cambio, no sólo pedía su liberación, sino la del resto de sus compañeros. La pena por escapar de los campos o por encubrir a los fugitivos era el fusilamiento inminente pero aún así, Pepín optó por no quedarse de manos cruzadas a la espera de una orden que nunca llegaba.

Una noche, consiguió salir del Gulag: a pie y en tren como polizonte recorrió los miles de kilómetros que le separaban de la capital. Mientras, sus compañeros de celda, cubrían como podían su ausencia durante los controles.

 Varios días después, en plena noche, sonó el timbre de la puerta de uno de los máximos dirigente del PCE. En el umbral, un hombre harapiento, agotado y hambriento sostenía un papel con los nombres anotados de muchos amigos.  Fue una larga noche para los miembros del PCE. Telegramas, llamadas y muchas presiones para formalizar una puesta en libertad que por errores internos tendría que haberse realizado hacía meses. La libertad de Pepín era un hecho. Su salvoconducto estaba redactado, pero a pesar de todo, después de comer y de tomar fuerzas emprendió un nuevo viaje: durante 5 días volvió a pasar las mismas penurias pero esta vez, para regresar al campo. Intentaron convencerle de que no era necesario regresar, que su libertad estaba asegurada, pero Pepín era un hombre de palabra, no quería dejar al descubierto a sus compañeros.

Regresó al campo justo a tiempo. A las pocas semanas él y el resto de los presos políticos fueron puestos en libertad.

Aún permaneció en Rusia unos años y acabó reuniéndose con su familia en Cuba para más tarde, regresar a España.

Pepín fue otro superviviente, otro héroe, otro hombre bueno…

 

Dolores Ibárruri – “La Pasionaria”

El personaje de Dolores Ibárruri fue amado y odiado en iguales proporciones tanto dentro, como fuera de España. La Pasionaria fue, para bien o para mal, un icono de la lucha comunista y sobre todo de la lucha por los derechos de las mujeres que “fuesen de la condición que fuesen, eran libres para elegir su destino”. Su singularidad, su presencia y sus fuertes rasgos imperturbables la convirtieron en una de las españolas más fotografiada de nuestra historia reciente. Cierto es, que siempre la ha perseguido un halo de nulidad intelectual que ella jamás ha conseguido desmentir.

La rebelde más obediente de Stalin. Así era conocida entre los españoles exiliado en la URSS que la acusaban en “petit comité” de culpar siempre a los demás de haber hecho mal lo que ella había pensado bien.

Dolores dejó España en marzo de 1939, poco antes de la caída de Madrid. Viajó a la URSS donde se convirtió en Secretaria General del Partido Comunista Español en el exilio. Se presentó ante los niños exiliados como la Gran Madre que habían dejado en España: todo eran sonrisas hasta que, unos años después, los no tan niños, quisieron regresar a su patria. Las sonrisas se transformaron en negativas,  las negativas en amenazas y las amenazas en deportaciones. Los niños ya no eran tan niños y tenían los ojos bien abiertos, lo mismo que la boca si se les permitía regresar a España. Había demasiados secretos. La Pasionaria, era la máxima autoridad designada por los comunistas para conceder o denegar los permisos de salida a los españoles: es un hecho incontestable que impidió por todos los medios el regreso de los niños a su patria. La hambruna de la guerra y de la post guerra obligó a alguno de los españoles a dedicarse al pillaje: “No podemos devolverlos a sus padres convertidos en golfos y prostitutas, ni permitir que salgan de aquí como furibundos antisoviéticos”.

Dolores Ibárruri junto alguno de los "Niños españoles" ya adolescentes.

Durante su exilio en Rusia, Dolores participó en la creación de la clandestina Radio España Independiente que pronto pasaría a llamarse Radio Pirenaica por la leyenda de que se emitía desde algún lugar secreto de los Pirineos. La realidad era que la radio cambiaba constantemente su ubicación para despistar a la policía secreta: empezó emitiéndose en Moscú y acabó en Bucarest siendo Rumanía el país de más confianza de todo el bloque soviético de entonces. Esta emisión clandestina, se convertiría para bien o para mal en la única emisora no controlada por el régimen en España y en la voz, eso sí propagandística,  de la resistencia durante la dictadura de Franco.

En una entrevista que concedió La Pasionaria a su regreso a España, Dolores se rió a carcajadas ante una de las preguntas que le hicieron, dejando ver así parte de su dentadura que estaba formada por los tan clásicos en Rusia, dientes de oro. Uno de los periodistas se apresuró a preguntar si esos dientes eran parte del famoso oro de Moscú. El semblante de la Pasionaria se oscureció y se hizo el silencio. ¿El que calla otorga?.

Una exiliada de lujo que jamás pasó por las penurias del resto de los españoles ni durante su estancia en Rusia ni a su regreso a España.

Su carrera, su vida y sus discursos siempre han estado plagados de traiciones y mentiras pero cierto es, que agradó a las cámaras hasta el final…

“¿Esto es La Coruña?” -  preguntaban dos españoles con lágrimas en los ojos nada más pisar el aeropuerto de Alvedro 60 años después de abandonar su país siendo unos niños en un barco rumbo a la Unión Soviética.  Tras el éxodo masivo a España de los años 50, el regreso de los niños a su patria se producía con cuentagotas. Las autoridades rusas, reacias a los retornos a España, examinaban cada caso con lupa intentando que ninguno de ellos sirviese de precedente para otro. Los regresos se alargaron durante años formando así una especie de diáspora individual sin precedentes.

Imposible sería definir las razones que empujaron a varios cientos de adultos en edad madura y completamente integrados en una sociedad a tomar la decisión de abandonar todo por volver a la llamada patria, de volver a lo desconocido. Las últimas víctimas de la Guerra Civil decidieron dejar más de 60 años de vida en Rusia para regresar a la España democrática, dejando tras de sí un país resquebrajado por una “transparencia” ficticia.

La nueva vida de los españoles venidos de la URSS rondaba la miseria. Al llegar a España, el gobierno les concedía 75.000 de las antiguas pesetas y una pensión durante un año y medio de poco más de 45.000 pesetas. Después: nada. Los acuerdos entre España y la URSS para conceder pensiones por los años trabajados en Rusia se quedaron en papel mojado en cuanto la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas dejó de existir. Habría que esperar unos años más para que el acuerdo volviese a formar parte de la agenda de la nueva Rusia post comunista.  Mientras tanto, hombres y mujeres sexagenarios luchaban por sobrevivir en su España natal. La mayoría lo consiguieron gracias a la ayuda de familiares e incluso de voluntarios anónimos, otros tuvieron la suerte de pertenecer a comunidades autónomas más sensibilizadas con el problema de los Niños de la Guerra, como fue el caso de Galicia, que bajo la batuta de Fraga, concedió vivienda social a todos aquellos niños gallegos exiliados durante la Guerra Civil.

“Durante los primero seis meses, el ayuntamiento de Madrid nos ofreció una habitación en una pensión en la calle Fuencarral y nos daban comida en un comedor. Todo el dinero que conseguíamos ahorrar eran para los estudios de nuestro hijo. Su trabajo será nuestra única salvación”. Testimonio de dos niños de la guerra para Interviú (22-02-1993)

Un numeroso grupo de españoles que regresaron de la Unión Soviética se juntaron en la residencia El Retorno ubicada en las afueras de Madrid y financiada en su totalidad por las asociaciones “Gumiel” e “Integración Americana”. Su presidente, Víctor Mirón es quizás una de las personas que más ha luchado por la integración de estos ex niños en la sociedad española. Para conseguir hacer frente a los gastos, el grupo de españoles de El Retorno cultiva sandías y melones y en 1995 publicaron un libro de memorias bajo el nombre: “Nosotros lo hemos vivido: homenaje de los niños de la guerra al pueblo ruso”.

Todos aquellos españoles que regresaron a su patria en edad madura jamás consiguieran dominar el español con el mismo desparpajo con el que hablaban el ruso. Es curioso observar que el idioma que se escucha en los pasillos de El Retorno, sea mayoritariamente el ruso.

La soledad, el eterno sentimiento de sentirse extranjero en su propia tierra, la nostalgia y los recuerdos vuelven una vez más a invadir el corazón de estos viajeros incansables de lo desconocido cuyo objetivo quizás era morir en su patria. Una parte de su corazón siempre se sintió español, pero el resto aprendió a vivir, a sufrir y a amar en ruso. El pedacito de corazón español fue invadiendo de nostalgia al resto hasta conquistarlo del todo y así, llegar al convencimiento de que la única cura posible de la nostalgia es el regreso a la añorada patria.  Imprevisible sería, que el pedacito de corazón español se pasara de bando, e hiciera la misma jugada estando en España: conquistarlo de nostalgia rusa…

 

Llegué a España poco antes del golpe de estado del 81. Era pequeña, pero recuerdo perfectamente la angustia marcada en la cara de mi familia. Entonces no lo entendía, pero con los años aprendí que era mucho lo que estaba en juego. Habíamos dejado Rusia y toda nuestra vida atrás. Los recuerdos, los amigos, las costumbres y la calma relativa. Lo que yo dejaba eran amiguitos de guardería cuyos nombres dejaron de ocupar sitio en mi memoria nada más aterrizar en Barajas, pero mi familia miraba atrás con lágrimas en los ojos. Casi 40 años de recuerdos empaquetados en una maleta de 20 kg. Delante de nosotros una aventura llena de retos, atrás una rutina llena obstáculos a los que nos habíamos acostumbrado a la fuerza.

Los recuerdos de los preparativos del viaje en Moscú se entremezclan con las historias que más tarde he leído sobre los niños de la guerra. Había un chiste que corría entre los hispanos-soviéticos de los años 70 que decía que los españoles en la URSS compartían graves problemas de lumbalgia por la numerosas ocasiones que se habían tenido que agachar para sacar el vodka de la nevera para celebrar la muerte de Franco que no terminaba de llegar. A mí me hacía mucha gracia imaginar a los amigos de mis padres agachándose una y otra vez delante del frigorífico y sin entender la gracia del chiste, lo contaba a mis profesoras de guardería al mismo tiempo que les decía que me iría en breve a España. Dejé de hacerlo cuando, después de verlas cuchichear a mis espaldas empezó a llegar el correo abierto a mi casa.

Los españoles que se quedaron en Rusia después de la primera avalancha de regresos de 1956 prefirieron aferrarse a lo conseguido en la URSS antes que empezar de cero en España. Las autoridades soviéticas empezaron a ser algo más permisiva a partir de los años 60 y autorizaron viajes turísticos a España siempre y cuando, las garantías de regreso estuviesen aseguradas. Muchos fueron los españoles que, una vez saciadas las ganas de volver a pisar suelo español y de reencontrarse con familiares perdidos, se decantaron por seguir con su vida en la URSS.

El día a día en Rusia estaba minado de dificultades y escaseces. Una vida llevadera si no se tiene con qué compararla. Los viajes a España fueron reveladores en ese aspecto. A pesar de la dictadura, a pesar del aislamiento político y de las dificultades económicas de la España de los 60, a los ojos de los llegados de la Unión Soviética era un paraíso terrenal.

Supongo que mi nacimiento precipitó las cosas y la frase que dijo mi madre después de volver de un viaje a España se había convertido en una necesidad: “Nos vamos!”

Las leyes rusas respecto al regreso de los españoles a su patria eran claras: podía regresar a su país cualquier ciudadano nacido en España solicitando su pasaporte español. Eso desde luego no nos incluía ni a mí, ni a mi padre…

Tendré que dejar para el siguiente post toda la odisea que pasó mi familia hasta conseguir meterme en un avión destino a Madrid. Era muy pequeña pero hay algunos recuerdos que no se borran jamás y yo tengo grabado como durante 5 horas de viaje, cada vez que me asomaba por la ventanilla del avión y veía un trozo de tierra preguntaba a mi madre: “¿Eso de allí es España?” y mi madre contestaba: “Todavía no”, para mí era un juego, por eso tardé mucho en entender por qué cuando por fin me dijo “Estamos en España” lloraba…

Elisa en Moscú.

Capítulo 33 – Cuba

mayo 9, 2011

Las relaciones entra la Unión Soviética y Cuba empezaron a desarrollarse durante la Segunda Guerra Mundial y tuvieron sus más y sus menos hasta el triunfo de la revolución de Fidel en 1959 momento en el que la URSS se comprometió a comprar en Cuba enormes cantidades anuales de azúcar, un gesto de acercamiento muy oportuno en el momento en el que USA había anunciado que dejaría de enviar su petróleo a la isla. A partir de ese momento, la URSS sería el proveedor oficial de petróleo en Cuba. Las consecuencias se dejaron notar de inmediato y las compañías norteamericanas instaladas en la isla se negaron a trabajar y el gobierno respondió expropiando y nacionalizando: el bloque económico de Estados Unidos no se hizo esperar.

En la Universidad de La Habana escaseaban los puestos de trabajo principalmente por un masivo éxodo a EEUU de profesionales, técnicos y personal cualificado espantados por una situación económica que se preveía desastrosa.  Fidel Castro, aprovechando el acercamiento de las relaciones solicitó a la URSS profesorado para impartir clases en las diferentes facultades.

Uno de los artículos de la constitución cubana de 1940, determinaba que todas las materias relacionadas con la literatura, la historia y la geografía, debían de ser impartidas por maestros nacidos en Cuba, pero no hacía referencia a las materias de la rama científica y fueron precisamente estos los puestos que se pretendieron cubrir inicialmente desde la Unión Soviética. A partir de 1963 empezaron a llegar a la Isla numerosos profesores formados en la URSS.  Los Niños de la Guerra  resultaron ser los candidatos perfectos: estaban preparados, se habían educado de acuerdo con las pautas establecidas por el régimen y sobre todo, hablaban español. La operación se convirtió en un asunto de alto secreto, y los españoles llegaron a la isla sigilosamente y bajo nombres falso supuestamente porque el Partido Comunista Español en Rusia pretendía evitar comprometer el futuro de los “Niños de la Guerra” a su regreso a la España franquista y mantener en secreto su apoyo a la revolución comunista de Fidel. Para los españoles era una oportunidad de salir de Rusia, de conocer mundo y sobre todo de apoyar una causa, una revolución protagonizada  por un héroe de entonces: Fidel Castro.

El secretismo de la operación fue tal, que los españoles desconocían incluso las condiciones de trabajo que tendrían en la isla, aunque finalmente, resultaron ser de lo más ventajosas: una parte del sueldo era intercambiable en la Embajada Soviética de la Habana por talones que se llamaban “certificados” y enviarse a las familias para comprar en las tiendas especiales de la URSS, es decir, en las tiendas en las que había de todo y que sólo eran accesibles para los extranjeros. La otra parte del sueldo se cobraba en pesos.

Los españoles encontraron en la Cuba del pre-bloqueo el paraíso. Venían de un país gris, inhóspito y envejecido dónde escaseaba prácticamente todo y aterrizaron en la isla de la luz, el color y la abundancia. Un paraíso en el que además, se hablaba español.

“Llegué a Cuba en 1964. Pasar del estalinismo soviético a los primeros años de la Revolución cubana, que no son los actuales, fueron una liberación. En Cuba se hablaba Castellano. Era casi recuperar España. Yo tenía la sensación de ir volando por las calles. No he tenido una alegría mayor en mi vida”. Declaración de Damián Pretel. “El Exilio Español en Cuba” de Jorge Domingo Cuadriello.

Pronto el colorido, la abundancia, la frescura y la alegría de la isla  se tornaron en el desapacible gris que tan bien conocían los españoles llegados de la URSS.

 

Durante la primera visita de Castro a Estados Unidos después del triunfo de la revolución declaró a los medios de comunicación: “La Revolución es más verde que las palmas (…), yo sé que ustedes están inquietos porque piensan que somos comunistas, pero les digo claramente: NO LO SOMOS (…)”

Era una declaración dicha a la manera caribeña de Fidel como otras tantas que nunca sonaron a promesa…

En 1956, 650 de los llamados Niños de la Guerra seguían repartidos a lo largo y ancho de todo el territorio soviético a excepción de algunas de las entonces repúblicas como Azerbaiyán, Armenia y Tayikistán. Alrededor de 330 Niños eran vascos, 230 asturianos, 30 cántabros y 56 madrileños. El miedo a empezar una vez más de cero en un país en el que, a parte de un reencuentro con sus raíces, nadie les prometía nada marcó una decisión difícil e inclinó la balanza hacia su vida en la Unión Soviética. Sus trabajos, sus vidas y sus familias les mantuvo alejados de los recuerdos de España. El tren para volver había pasado. Ahora tocaba vivir sin mirar atrás. Así fueron pasando los años hasta que la crisis económica azotó de lleno a la Unión Soviética a finales de los años 80.

El colapso económico y la posterior caída de la Unión Soviética, o viceversa según algunos analistas occidentales, sumergió al país en un profundo caos en el que los españoles codo a codo con el pueblo ruso, luchaban por sobrevivir. Las nuevas reformas económicas impuestas por el gobierno habían descentralizado la producción y habían dejado de controlar los ingresos lo que llevó al país a una situación paradójica: los ingresos de las familias habían aumentado más que la producción de artículos de consumo cuyos precios seguían siendo fijados por el estado. La situación era desconcertante. Los ciudadanos tenían un montón de dinero para gastar y agotaron las existencias de las tiendas que no tenían capacidad de reponer sus productos. Y llegó el caos, las colas, los sobornos, la delincuencia, la corrupción y el hambre…

 

La mayoría de los españoles que permanecían a finales de los 80 en la URSS, residían en grandes ciudades. La situación de aquellos que vivían en las periferias era aún más complicada. Llegados casi a la jubilación, las dificultades económicas les empujaron de nuevo a plantearse el regreso a España. Las zancadillas, las mismas de hace 30 años…

“Los que llegamos a España, fuimos tratados como peligrosos delincuentes. Padecimos tres años de consecutivos interrogatorios en Madrid, fuimos fichados por la Policía, se nos registraros las huellas de todos los dedos de la mano y muchos fueron perseguidos, encarcelados y vejados” La Nueva España 26/06/1988

Los Niños de la Guerra regresaron a una España donde se  habían suprimido las libertades más esenciales como las de expresión, de participación política y de movimiento; se marginó aún más a las mujeres, se persiguió activamente a los rojos (comunistas, republicanos, anarquistas o simples opositores al régimen), a los sospechosos de formar parte de la masonería y hasta a los homosexuales y ateos. Franco tejió una sofisticada red de centros clandestinos de represión y encarcelamiento donde eran habituales los siniestros “paseos” que se hacían al alba y de los que nadie regresaba.

La España Negra, funesta, rancia,  desoladora, donde una población aterrada sobrevivía inmersa en una atmósfera decadente, tétrica, tenebrosa se  daba de bruces con los recuerdos de aquellos niños que la habían abandonado hacía ya más de veinte años.

 “Decidí regresar a España. Me acosaban los recuerdos de mi familia y de mi país y no quería pensar en las dificultades que luego pasaría. El recibimiento que tuvimos los repatriados no tuvo nada que ver con aquel de hacía veinte en Leningrado. Allí en tierra solo nos esperaban policías y funcionarios. No se había dado aviso a las familiar de que volvíamos a nuestra patria. Los funcionarios tomaron nuestras filiaciones y nuestras huellas dactilares. La verdad es que esto último no nos gustó en absoluto, pues, al parecer, al ciudadano “normal” no se le hacía pasar por ese trámite.  Fue la primera vez que nos sentimos discriminados injustamente.

Solo regresaba conmigo mi hermana Loli. Soledad había preferido quedarse en Moscú, dónde se había casado.

Según íbamos acercándonos a Eibar en autobús, el corazón se nos desbocaba, preguntándonos qué nos encontraríamos, pues hacía mucho tiempo que no sabíamos nada de los nuestros. Estaba toda mi familia: madre, hermano y hermana, excepto mi padre, que había muerto en la guerra.  Aquello fue un paroxismo de lágrimas y risas. Mi madre por la emoción, cayó redonda al suelo, perdido el conocimiento. No hubo consecuencias, a pesar de su edad, y al rato estábamos todos hablando a la vez, preguntándonos unos a otros e interrumpiéndonos todo el rato.

Después de dos meses de descanso, recuperación y esfuerzo por conseguir un trabajo, lo encontré en un pequeño taller de carpintería. Me gusta decir que fui muy bien tratado por los compañeros, pero no así por los patrones. (…)

No llevaba mucho tiempo en Eibar cuando me citaron en la Comisaría de Policía para hacerme una serie de de preguntas sobre mi vida en la URSS. Mis respuestas siempre fueron favorables a aquel gran país e insistía que había sido muy feliz y estaba orgulloso de haber vivido allí.  Cuando acabó el interrogatorio, me quisieron entregar un carnet de identidad algo “especial”; era diferente al de los demás ciudadanos, como si quisieran marcarnos de la alguna forma. Lo rechacé indignado, diciéndoles que no eran ya tiempos de discriminar tal ligeramente a la gente. En Madrid, a dónde me hicieron ir, ocurrió la misma historia: preguntas, respuestas y posturas (…)

No había forma de que me dejaran vivir y trabajar en paz. Una noche de febrero de 1962 se presentó la policía en casa y me llevaron a la Comisaría para ser interrogado intensamente. De allí, por carretera, me trasladaron a Bilbao y de nuevo los interrogatorios y los malos tratos. Conmigo habían sido detenidos otros cuatro repatriados de la URSS (…). A todos nos acusaban de propaganda y asociación ilegales; en una palabra, de ser comunistas y demostrarlo hablando bien de la Unión Soviética.

De aquella Comisaría nos llevaron a la cárcel de Rinaga, en el mismo Bilbao, y allí nos tuvieron nueve meses…”  – Testimonio de Domingo Ferrerio Rueda, San Sebastián  “Los niños españoles evacuados a la URSS” – Enrique Zafra, Rosalía Crego, Carmen Heredia.

Se calcula que un 20% de los niños españoles evacuados a la URSS que regresaron a España acabaron volviendo a la Unión Soviética con la desilusión pintada en su rostro…

Las imágenes aisladas, inconexas y envueltas en la neblina de la lejanía que los niños conservaban de España en su memoria, nada tenían que ver con la realidad a la que se enfrentaron nada más pisar de nuevo su patria. Ante sus ojos una España gris, hambrienta, envejecida, humillada y aislada del resto del mundo. La España de las tres eses, como la bautizó el escritor Juan Eslava Galán: “Sable, sotana y sindicato”.

 

Visión de la España de los años 50 de la fotógrafa Inge Morath

 

A su llegada al puerto de Barcelona los “Niños de la Guerra” traían consigo un equipaje ligero y 175 dólares que era lo máximo que permitía el gobierno soviético sacar del país para empezar una nueva vida. Esta suma era el equivalente a un mes del salario medio de entonces. Insuficiente. Ridículo. Algunos tuvieron la suerte de localizar a familiares que, a pesar de la situación económica del país, podían mantenerles un tiempo, pero la mayoría se encontraron con que los miembros de su familia habían fallecido o simplemente malvivían en una situación aún más precaria que la suya propia.

El encuentro con una España profundamente católica contribuyó a que las sociabilización de los “Niños de Rusia” resultara aún más complicada.  Ninguno de ellos había recibido educación cristiana, pero la presión social o familiar hizo que algunos decidieran convertirse al catolicismo. La propaganda anti-comunista era feroz, eran muchos los familiares que preferían no acoger a los rojos en sus casas por miedo a las represalias franquistas. Convertirse al catolicismo significaba, en cierta medida, claudicar con el régimen y vivir en paz.

“Uno de los `Niños de Rusia’ cuenta cómo, después de ver a su madre por primera vez en veinte años, ésta la pasó la mano por la frente para comprobar si – como afirmaba la propaganda del momento – los comunistas, en efecto, tenían cuernos”  El País – 20/06/1983

La pegajosa sensación de sentirse extranjero en su propia tierra acompañará a estos Niños de corazón dividido para siempre…

 

Sigue la historia de los Niños de la Guerra desde el capítulo 1

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