Capítulo 29: Un “quinqui” en la Unión Soviética.

La historia de Manuel García es parecida a la de otros tantos niños evacuados a la URSS. Una vida dónde los recuerdos felices se entrelazan con una realidad dura y un pasado doloroso. Separado de sus padres con siete años, fue enviado a Rusia en un viaje sin retorno. Muy a su pesar, Manuel fue uno de los más tristemente famosos de aquellos niños. Su afán por sobrevivir en un país inhóspito le llevó a convertirse en una especie de El Lute soviético recorriendo el siniestro mapa de los campos de trabajo y los calabozos soviéticos. El relatode su vida salió publicado en El País Semanal el 27 de agosto de 1978. El relato se transcribió tal cual, manteniendo las frases de un castellano casi olvidado y siguiendo el caos de los recuerdos que llegaban a su cabeza según avanzaba en el testimonio:

“Cuando empezó la guerra, vieno un tío mío a Moreda de Aller, que tenía cines, teatros y hoteles en Argentina, era millonario en Buenos Aires, y le dijo a mi madre: “Lleva a todos los hijos para Argentina”, y la madre contestó “No, van para la Unión Soviética”. Ella se piró luego a Argentina. Eso es lo que me extraña a mí. A nosotros nos trajeron pa cá, o sea, que ella nos tiró a este país ruso. (…)

Nos cogieron y nos montaron en un barco francés, nos metieron en la bodega y nos daban de comer plátanos, es lo único que me acuerdo. Todo el tiempo estábamos vomitando porque el barco se movía mucho. Veníamos juntos quinientos niños, pueden ser más. Por el camino pasaban aviones con el emblema ese fascista, bombardeaban unas cuantas veces, pero al barco no cayeron bombas ninguna porque decía la gente, bueno yo me enteré cuando era mayor, que los rusos nos acompañaban con submarinos. No sé si es verdad o no. (…) Llegamos a Leningrado. Nada más que nos trajeron, nos pusieron en fila, stroi, que se dice, y nos llevaron a un baño. Nos bañaron, nos quitaron la ropa española y nos vistieron con ropa rusa. (…) En Leningrado estuvimos tres días y nos llevaron para Moscú. Era una casa de quinientos o seiscientos niños. Allí nos trataron muy bien. Hasta que empezó la guerra. A lo primero no estábamos acostumbrados a esa comida, a la rusa. Hacían lo posible por darte comida española. Preparaban hasta fabes, lentejas y eso. Al empezar la guerra nos evacuaron a Saratov. Allí empezó el hambre. (…) Cuando regresamos a Moscú me caí del tren, me di en la cabeza, me llevaron al hospital y estuve diez días curándome. Volví a la casa de niños, yo estudiaba muy bien, estaba terminando la séptima clase, pero no sé qué me pasaba en la cabeza por el golpe que no pude dar los exámenes y me llevaron a una escuela de aprendiz, para dos años.

Yo estudiaba para tornero, pero allá se hablaba ruso y yo aprendía de corazón pero nos era difícil. Allá vivíamos con rusos. Los rusos claro, vivían mejor porque tenían familias que llegaban de las aldeas con comida pero a nosotros no. Yo allí me ajunté con chavales de mi edad y que sabía yo que robaban o no robaban. Me dijeron de dar un atraco y dije “Pues vamos pá llá”. (…) Nos metimos en una huerta grande koljoz y nos pillaron los guardias. (…) Nos llevaron al reformatorio. (…) Allá dicen los rusos que te educan, pero ¿qué educación pueden darte en una cárcel? Desde que entras ya no eres una persona. Te llaman Dragañin. No sé muy bien explicar lo que significa, pero es desprecio. Yo hablo mejor el ruso que el español.(…) Yo me trataba con rusos, y los españoles han seguido tratando con españoles. A mi nadie me dice que soy español cuando hablo ruso. (…)

En el 48 me liberaron y me metí en una fábrica de mecánico. En el 49 caí otra vez. La milicia me acusó de un atraco. Porque aquí cuando ya has caído y pasa algo, pues dicen: “¿Quién puede ser?, éste, éste o aquél.” (…) Ya en el año cincuenta, me peleé con un miliciano. Él me insultó, yo le insulté. No quiero mentir, yo estaba bebido y cuando me desperté, después de esa paliza me acusaron de haber pegado a un miliciano y me dieron otros tres años. Aquí ya entré en un campo de trabajo. (…) Mis recuerdos del campo son muy duros. Allí los cabecillas de las mafias te decían si tenías que trabajar o no. Si no trabajabas, venían los vigilantes te tiraban boca abajo en la nieve y te tenían allí. Si te levantabas, te mataban (…). Estuve entrando y saliendo hasta el 58.

A mí me han propuesto una vez ser de la KGB. Como vieron que yo era una persona que todo el tiempo estaba por los calabozos me propusieron ser chivato. (…) Yo tengo rabia de esos chivatos, porque son menos decentes que yo.

En los últimos años, dejé la delincuencia (…) No quiero que mi imagen sea utilizada contra la Unión Soviética. Sólo deseo contar la verdad.”

 

Manuel García, alias "El Cocodrilo". Nombre de guerra por el que se le conocía en la URSS.

Manuel García regresó a España en agosto de 1978. Un compañero de celda belga contó a los medios de comunicación de  su país que en los campos de trabajo soviéticos seguía preso un ex miembro de la División Azul. El revuelo fue tal, que Manuel regresó a España con todos los honores. Cuando se destapó el engaño, Manuel ya estaba en Barcelona.

Su historia en España se parece a la de otros tantos Niños de la Guerra españoles que regresaron de la Unión Soviética. Más soledad, más abandono y más olvido. Acabó regresando a Rusia dónde por lo menos seguía teniendo amistades. Se perdió su pista hace más de 20 años…

 

La historia de los Niños de la Guerra desde el capítulo 1

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Una respuesta a Capítulo 29: Un “quinqui” en la Unión Soviética.

  1. Avisnigra67 dijo:

    Todas las historias de esos niños de la guerra tienen el halo de lo duro, lo descarnado. Impresiona la vida de este hombre. Da mucho que pensar. Gracias por enriquecer nuestro conocimiento, Elisa.

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