Pinceladas de mi historia (VI)

Llegué a España poco antes del golpe de estado del 81. Era pequeña, pero recuerdo perfectamente la angustia marcada en la cara de mi familia. Entonces no lo entendía, pero con los años aprendí que era mucho lo que estaba en juego. Habíamos dejado Rusia y toda nuestra vida atrás. Los recuerdos, los amigos, las costumbres y la calma relativa. Lo que yo dejaba eran amiguitos de guardería cuyos nombres dejaron de ocupar sitio en mi memoria nada más aterrizar en Barajas, pero mi familia miraba atrás con lágrimas en los ojos. Casi 40 años de recuerdos empaquetados en una maleta de 20 kg. Delante de nosotros una aventura llena de retos, atrás una rutina llena obstáculos a los que nos habíamos acostumbrado a la fuerza.

Los recuerdos de los preparativos del viaje en Moscú se entremezclan con las historias que más tarde he leído sobre los niños de la guerra. Había un chiste que corría entre los hispanos-soviéticos de los años 70 que decía que los españoles en la URSS compartían graves problemas de lumbalgia por la numerosas ocasiones que se habían tenido que agachar para sacar el vodka de la nevera para celebrar la muerte de Franco que no terminaba de llegar. A mí me hacía mucha gracia imaginar a los amigos de mis padres agachándose una y otra vez delante del frigorífico y sin entender la gracia del chiste, lo contaba a mis profesoras de guardería al mismo tiempo que les decía que me iría en breve a España. Dejé de hacerlo cuando, después de verlas cuchichear a mis espaldas empezó a llegar el correo abierto a mi casa.

Los españoles que se quedaron en Rusia después de la primera avalancha de regresos de 1956 prefirieron aferrarse a lo conseguido en la URSS antes que empezar de cero en España. Las autoridades soviéticas empezaron a ser algo más permisiva a partir de los años 60 y autorizaron viajes turísticos a España siempre y cuando, las garantías de regreso estuviesen aseguradas. Muchos fueron los españoles que, una vez saciadas las ganas de volver a pisar suelo español y de reencontrarse con familiares perdidos, se decantaron por seguir con su vida en la URSS.

El día a día en Rusia estaba minado de dificultades y escaseces. Una vida llevadera si no se tiene con qué compararla. Los viajes a España fueron reveladores en ese aspecto. A pesar de la dictadura, a pesar del aislamiento político y de las dificultades económicas de la España de los 60, a los ojos de los llegados de la Unión Soviética era un paraíso terrenal.

Supongo que mi nacimiento precipitó las cosas y la frase que dijo mi madre después de volver de un viaje a España se había convertido en una necesidad: “Nos vamos!”

Las leyes rusas respecto al regreso de los españoles a su patria eran claras: podía regresar a su país cualquier ciudadano nacido en España solicitando su pasaporte español. Eso desde luego no nos incluía ni a mí, ni a mi padre…

Tendré que dejar para el siguiente post toda la odisea que pasó mi familia hasta conseguir meterme en un avión destino a Madrid. Era muy pequeña pero hay algunos recuerdos que no se borran jamás y yo tengo grabado como durante 5 horas de viaje, cada vez que me asomaba por la ventanilla del avión y veía un trozo de tierra preguntaba a mi madre: “¿Eso de allí es España?” y mi madre contestaba: “Todavía no”, para mí era un juego, por eso tardé mucho en entender por qué cuando por fin me dijo “Estamos en España” lloraba…

Elisa en Moscú.

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Una respuesta a Pinceladas de mi historia (VI)

  1. Ch dijo:

    que ilusión Elisa. Y que emoción!
    besos
    Chema

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