Capítulo 36: Pepín

Las historias de sobremesa de mi familia han inundado mi infancia: algunas las he olvidado pero otras, han quedado grabadas en la memoria. El día que escuché por primera vez la historia de Pepín era una cría. He intentado documentarme para darle al relato una solidez histórica pero los pocos testimonios que he logrado reunir no me han ayudado a esclarecer algunos detalles. Pido disculpas si la historia tiene imprecisiones: el boca a boca es una fuente eficaz pero no siempre exacta.

Pepín era un capitán de la marina que al estallar la Guerra Civil en España  y siendo partidario del bando republicano,  fue el encargado de gobernar el último barco que zarpó de España rumbo a la URSS. A bordo, los últimos exiliados, aquellos que habían hecho la guerra “hasta el final”, un numeroso grupo de 1500 personas compuesto de  antiguos dirigentes militares, políticos e intelectuales.

Durante el largo viaje, las peripecias se fueron sucediendo pero una en particular, hizo que Pepín se uniera a la historia de mi familia: el barco llevaba varios días navegando cuando de repente se armó un tremendo revuelo por la desaparición de una niña. El barco fue peinado de arriba abajo pero la pequeña seguía sin aparecer. Se empezó a temer lo peor, que la niña se hubiese caído por la borda hasta que un miembro de la tripulación, tuvo la corazonada de mirar debajo de la cama del camarote de la pequeña. Allí estaba durmiendo plácidamente: el oleaje del barco había hecho que volcara de la cama y con la siguiente ola, la había deslizado debajo de esta sin que, en ninguno de los movimientos, la pequeña se despertara. Esa niña dormilona era mi madre y Pepín, que vivió con especial angustia su búsqueda fue el encargado de contarnos esta historia años después.

Pepín era un hombre alto, de buen porte, elegante, pero sobre todo, era un hombre bueno. Se vio en la obligación de dejar a su familia en España y emprender un viaje sin retorno a la URSS. Una vez en tierras soviéticas, el regreso, como para otros tantos, dejó de ser una opción. Pasó unos años duros en un país que nunca le quiso y cuando empezaron las purgas de Stalin, una acusación sin fundamento le llevó a un campo de trabajo dónde pasó muchos años. Cuando Stalin murió, empezó a correr el rumor de que las liberaciones de los presos políticos se estaban produciendo en la mayoría de los Gulags, pero pasaban los meses y Pepín seguía preso en un territorio olvidado de la mano de Dios. Poco a poco, todos los campos de trabajo fueron desapareciendo pero la noticia de la liberación no llegaba para Pepín y sus compañeros. Entonces decidieron actuar. Pepín,  tenía contactos dentro del Partido Comunista Español y solo necesitaba que se supiera que seguía preso. Llegó a un acuerdo con los demás presos: ellos le cubrían durante diez días mientras él escapaba y viajaba a Moscú para comunicar su situación al PCE y él a cambio, no sólo pedía su liberación, sino la del resto de sus compañeros. La pena por escapar de los campos o por encubrir a los fugitivos era el fusilamiento inminente pero aún así, Pepín optó por no quedarse de manos cruzadas a la espera de una orden que nunca llegaba.

Una noche, consiguió salir del Gulag: a pie y en tren como polizonte recorrió los miles de kilómetros que le separaban de la capital. Mientras, sus compañeros de celda, cubrían como podían su ausencia durante los controles.

 Varios días después, en plena noche, sonó el timbre de la puerta de uno de los máximos dirigente del PCE. En el umbral, un hombre harapiento, agotado y hambriento sostenía un papel con los nombres anotados de muchos amigos.  Fue una larga noche para los miembros del PCE. Telegramas, llamadas y muchas presiones para formalizar una puesta en libertad que por errores internos tendría que haberse realizado hacía meses. La libertad de Pepín era un hecho. Su salvoconducto estaba redactado, pero a pesar de todo, después de comer y de tomar fuerzas emprendió un nuevo viaje: durante 5 días volvió a pasar las mismas penurias pero esta vez, para regresar al campo. Intentaron convencerle de que no era necesario regresar, que su libertad estaba asegurada, pero Pepín era un hombre de palabra, no quería dejar al descubierto a sus compañeros.

Regresó al campo justo a tiempo. A las pocas semanas él y el resto de los presos políticos fueron puestos en libertad.

Aún permaneció en Rusia unos años y acabó reuniéndose con su familia en Cuba para más tarde, regresar a España.

Pepín fue otro superviviente, otro héroe, otro hombre bueno…

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3 respuestas a Capítulo 36: Pepín

  1. Avisnigra67 dijo:

    Tremenda epopeya la de Pepín. Propia de unos tiempos duros y de las gentes que los vivieron. Un buen regreso, enhorabuena!

  2. peichita dijo:

    Enamorada de tu blog
    Admirable Pepin
    Gracias por volver

  3. gildelabarca dijo:

    Como no emocionarse, cuando tantos otros niños crecieron y terminaron murieron el los gulags o convertidos en delincuentes en “la patria del socialismo”.
    Mis parientes como eran del PCE, vivieron a todo lujo en el hotel Lux. Trás la subida de Carrillo, les expulsaron del Partido y volvieron a España sin conocer nada de la situación de la sociedad soviética.

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