Capítulo 9: Una educación propagandística (Segunda parte)

El Partido Comunista dominaba todos y cada uno de los ámbitos de la educación.  Los contenidos de los libros de texto eran continuamente reeditados según sus exigencias: así, los mismos libros eran editados primero con personajes heroicos y luego con los mismos personajes en forma de villanos. Eran las contradicciones de un régimen y de un sistema de enseñanza que afloraba continuamente en la vida cotidiana. Muchos de los niños recuerdan las anécdotas que se producían en las Casas de Niños cuando llegaba la orden de tachar algún nombre en los libros: el personaje quedaba rebajado en su categoría y sus “hazañas” pasadas ya no eran dignas de mención. 

Los libros siempre tenían la vida en la URSS como ejemplo. Cada uno de los planteamientos y cada uno de los problemas matemáticos tenían un trasfondo social: “Antes de la gran revolución Socialista de Octubre, el obrero en la fábrica, por lo general, trabajaba desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde. ¿Cuántas horas trabajaba el obrero en aquel tiempo?” (Libro de matemáticas grado 2).

Las divisiones de la sociedad soviética arrancan desde la infancia con “etapas institucionales” que se adquieren según el desarrollo y madurez infantil y juvenil. Un equivalente a estas “sociedades” son los famosos Boy Scout americanos con la diferencia de que los rusos, tienen una carga política y social determinante en la vida de los niños. Así, la infancia u adolescencia de los menores se divide de la siguiente forma: Octubristas (hasta los 9 años), Pioneros (hasta los 14 años) y Konsomoles (a partir de 15). En estas “sociedades” los niños aprenden y se ejercitan poco a poco sobre la base del ideal comunista. Bajo esta óptica también se formaron los niños españoles. El ingreso en estas asociaciones era automático. Las normas y los lemas de la organización, así como las canciones e himnos tenían un alto contenido ideológico. El fin de estas asociaciones era educar políticamente a los niños y concienciarles de la realidad del país.

En uno de los capítulos del Libro de Jose Fernández Sanchez “Mi Infancia en Moscú” relata el siguiente episodio:

“Yo procuraba ser como todos, especialmente en aquellos casos en que ser como todos significaba ser mejor (…) En los primeros días comprobé que muchas de las canciones que se cantaban yo no las había oído nunca. Canciones en las que ardían para mí pasiones desconocidas:

Somo los hijos de Lenin

Y a vuestro régimen feroz

El consumismo ha de abatir

Con el martillo y con la hoz

Joven Guardia, Joven Guardia

Mi padre me había enseñado otras canciones, las que cantaban los socialistas y que ahora no me servían.

Peor aún era cuando me preguntaban:

–         Tu padre era comunista, verdad?

Para ellos los socialistas eran Kautski, Kerenski y la Segunda Internacional, una caterva de renegados. Yo solo conocía a los socialistas de mi pueblo y ellos eran honrados. Pero mi pueblo (Ablaña) era una cosa tan pequeña que nadie me lo aceptaría como argumento. Y yo les repondía:

–         Si, mi padre era comunista.

Por lo menos que nadie dudara de la honestidad de mi padre.”

El objetivo de la educación de los niños era bien clara hasta para los mismos menores. Uno de los niños escribía lo siguiente en una carta para su madre (transcripción literal):

“Tenemos que estudiar mucho pues el camarada Estalin quiere que los niños españoles estudien mucho para cuando vayamos a España seremos listos. Hace poco tiempo nos an prguntado que carrera queríamos estudiar y yo escogi abiador pues cuando valla a España ire a visitaros en un abión”

La línea a seguir en la educación de los niños era la marcada por el camarada Stalin. Inicialmente, era fácil para los profesores españoles seguir esa tendencia: habían llegado al paraíso Soviético, pero pronto comprobaron que no todo funcionaba según lo imaginado. Los críticos e  inadaptados representaban un peligro y como tal eran susceptibles  de “desaparecer”…

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